miércoles, 29 de abril de 2015

LA TORMENTA

Me arrojaron al mar desde el barco en plena tormenta. Las olas enfurecidas me recibieron sin apenas notar mi presencia; ni tan siquiera pude salpicar cuando caí inerte en sus aguas. Éstas, a pesar de sus intentos, no lograron sumergirme al fondo, al olvido. Me dejé  llevar durante un tiempo por las corrientes, ajena a la suerte que habrían corrido los desesperados, hasta que, sin poder luchar más contras las aguas, desaparecí.
Tal vez si me hubiesen guardado en una botella habría sobrevivido mi tinta emborronada. Quizás alguien me hubiese leído, salvándoles después.

miércoles, 15 de abril de 2015

EL BEBÉ

La mujer entró en la habitación mientras el bebé descansaba en la cuna. Le acarició la mejilla comprobando que continuaba frío. Salió por la puerta tranquila, no sin antes echar un último vistazo a su añorado ángel. Desde el último latido de su pequeño corazón, nadie respiraba en la casa.

LAS ESTATUAS

— Cuenta la leyenda — decía un padre a su pequeño guiñándole un ojo y señalando las estatuas — que sólo revivirán cuando el hijo del diablo se apiade de ellas.
— Pobrecitas, ¿no? — contestó el niño.
Y mientras las figuras cobraban forma humana, añadió — ¿para qué darles esperanzas? Yo directamente las habría aniquilado — zanjó cerrando el puño.
Los dos hombres explotaron en mil pedazos.

— ¡Ése es mi chico! — rió a carcajadas Lucifer mientras le revolvía el pelo a su retoño.

martes, 24 de marzo de 2015

RAMÓN

Ramón, que observa con tristeza a la morena que saborea con lujuria un chocolate con churros, deposita una taza limpia y reluciente encima de la barra y contempla el cuadro que tiene en la pared de enfrente.
Da igual el tiempo que haga en el exterior, incluso sudando, con la camiseta pegada a su piel, la ha visto lamer con lentitud ese dichoso manjar.
La mujer respira hondo y cierra los ojos apoyándose en el respaldo de la silla.
- Ya empieza – le susurra el camarero al hombre cuando la ve abrir los ojos.
Ramón se gira y descubre a la mujer mirando el reloj, a la gente que la rodea, al camarero. Sus manos desvelan su nerviosismo mientras retuerce la servilleta con la que acaba de limpiarse las migas que manchaban sus labios. Esconde con disimulo la taza en el bolso. Sale corriendo sin que nadie la detenga.
- ¿Qué te debo? – le pregunta al camarero.
- Lo de siempre, dos euros con cincuenta. Es la última vez que le pagas esto a tu mujer, ¿no? Te va a buscar la ruina, escúchame, de verdad, que te lo digo de corazón. Anda, síguela, no vaya a hacer algo gordo de verdad. Igual un día te aparece en casa con un picardías con la alarma de seguridad sin quitar.

Ramón, cabizbajo, sale por la puerta en busca de su esposa. Camina pensando en la mala idea que tuvieron de incluirla en aquel grupo contra la cleptomanía. A veces le daba por pensar que en vez de dejar de robar, sus compañeros la habían enseñado a perfeccionar su técnica.

viernes, 6 de marzo de 2015

UN GOLPE DE CALOR

El calor golpeaba fuerte aquella tarde. Ruth miró inquieta la calle a través de los cristales sucios y encendió el ventilador pues su abanico no daba abasto.
Los pocos que se atrevían a pasear luchaban contra sus chancletas que se pegaban al asfalto.
La mujer miró el cuerpo sin vida de su marido y comenzó a morderse las uñas pensativa:

— ¡Ya sé! ¡Claro! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Está clarísimo. Ha sido un golpe de calor — susurró convencida mientras miraba distraídamente la sartén humeante del fregadero que tenía unas manchas muy sospechosas.

PRISIONEROS

Un día, tras años confinados en celdas del manicomio, descubrí al nuevo guarda de seguridad.
Lo pillé mientras escudriñaba, curioso, a través del ventanuco de la puerta. Mi oportunidad para escapar se acercaba, así que me escondí de su visión.
Minutos más tarde acudió con una llave con la que intentó abrir los blindajes que nos aislaban del resto del mundo.
Aunque nuestros nombres nunca hubiesen sido pronunciados en su presencia, debían haberle informado de que no podía acercarse a nuestras celdas ni fiarse de nosotros.
Se sentó derrotado delante de mi puerta, apoyando la cabeza en el marco, quedando dormido; momento que aproveché para, telepáticamente, susurrarle: “Ábrelas; da igual el método que utilices”.
Cuando se despertó, buscó objetos, lanzándolos después contra las puertas, incluso golpeó con la cabeza hasta hacerla sangrar.

Escuché un ruido y el blindaje cedió. Me filtré por una rendija logrando mi ansiada libertad. Somos locura, odio, mentira, terror, venganza… Y regresamos para seguir gobernando el mundo.

MESA PARA DOS

Enrique miró a su compañero y ambos sonrieron.
El camarero depositó el plato con los frutas del bosque en la mesa interrumpiéndolos y se le desencajó la cara al escuchar.
    ¿Puede traer otra cuchara? Es para compartir.
Enrique observó las parejas que cenaban tranquilas a su alrededor. El día de San Valentín, el restaurante estaba completo y sólo les había quedado una mesa libre.
Los tortolitos que charlaban al lado se ofrecieron mutuamente el postre y él decidió hacer lo mismo.
    ¿Quieres? — le dijo. — Está bien, me los como yo. ¿Sabes? — comentó después de unos minutos en silencio. — Nunca tendré una pareja mejor que tú.

La gente los miró cuchicheando. Nadie podía entender qué hacía un hombre hablándole a un espejo en la mesa para uno del rincón.

viernes, 30 de enero de 2015

EL CHIRINGUITO

Las calles mojadas y el cielo gris pintan de una forma tan clara mi interior que asusta.
Espero en la terraza mientras anhelo las risas y los susurros de clientes que no llegan. A ratos cojo una servilleta, la arrugo en la mano hasta convertirla en una bola y la lanzo a la papelera más cercana.
El frío me hace refugiarme en la chaqueta y calarme el gorro de cocina hasta no ver nada. No oigo pasos, así que me relajo en el respaldo del asiento. Me caliento los dedos con mi zippo y observo cómo se consume mi cigarro. A veces saboreo una enorme calada que me hace toser.
    Si tan sólo me hubiese asegurado de apagarlo bien antes de tirarlo a la basura… — pienso.
Las llamas lo engulleron todo. El chiringuito fue pasto de ellas durante la ausencia de los bomberos. La lluvia fina que salía de sus mangueras intentaba aplacar su fiereza pero no sirvió de nada. Aquel agua calmaba mi calor interior. Los bomberos se fueron cuando no se pudo hacer más. Sólo yo seguí al pie del cañón como el capitán de un barco que naufraga.
No busco espejos, no quiero ver mi imagen. Aunque ni siquiera sé si mi copia tendría el valor de mirarme a la cara.
El calor penetra en mí como un torbellino juguetón.
Mientras llueve de nuevo, refrescándome, pienso:

    Qué diferente sería mi vida si no hubiese deseado quemarlo todo y desaparecer.

viernes, 9 de enero de 2015

UN PASEO MARÍTIMO

José, con su gorra de marinero y fumando con su pipa, paseaba por el paseo marítimo junto a Miguel, un amigo de su hijo Víctor, cuando éste se acercó a preguntarle por la moto. Llevaba más de un año detrás de ella y su padre siempre le contestaba lo mismo:
    Cuando los barcos vuelen.
Esta vez Víctor no se enfadó, ni se tiró por el suelo con una de sus rabietas. Simplemente se sentó en un banco que había en el paseo y José lo acompañó en silencio mientras Miguel se alejaba de ellos. Contemplaban la puesta de sol sobre la playa y el joven comenzó a jugar con una linterna, encendiéndola y apagándola.
Al cabo de un rato, escucharon un rumor en la lejanía que se acercaba. Perplejos, abrieron los ojos como platos al descubrir tres barcos alados surcando el cielo rumbo al océano.
    Mmmm, ¿de qué color decías que querías la moto? — preguntó todavía con la boca abierta.
    ¡¡Bien!! — exclamó feliz Víctor abrazando a su padre. — No ha estado mal aprender Morse con Miguel y crear esas maquetas de barco para engañarle… Le pienso dejar dar todas las vueltas que quiera en la moto — pensaba mientras saltaba de alegría. — Oye, papá, ¿me llevarás mañana al astillero?

    ¡Por supuesto! — contestó él. — Ojalá hubiese hablado antes con su amigo, me habría evitado más de una pelea… — pensó sonriendo.