domingo, 31 de diciembre de 2017

FELIZ AÑO 2018

Se escucha un estruendo
el sonido de un tambor.
Las campanas esperan
para dar su ton.
Las copas en alto
para brindar un montón.
Suena una campanada
pronto oigo el segundo tolón.
Suenan tres y cuatro
empiezo a preparar el turrón.
Cinco, seis, siete
menudo atracón.
Ocho, nueve, diez
me entra el sofocón.
Once campanadas
preparados para el fiestón.
Las doce has sonado...
¡¡¡Nos vamos de cotillón!!!

Feliz Año Nuevo 2018

jueves, 21 de diciembre de 2017

SIGUE EL CAMINO

Sigue el camino...

Habrá curvas, habrá rectas,
avanzarás más o menos,
pero siempre llegarás a la meta...
si no te entretienes en el trayecto...

Sigue el camino...


No te rindas, no te detengas,
sigue luchando a diario.
Porque el esfuerzo vale la pena,
y el premio está asegurado.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

HUELLAS
















Hay huellas que no se pueden borrar,
que se quedan grabadas en la piel.
Que te vuelven del revés
sin siquiera tiempo para pensar.
Hay huellas que queman,
que te arden por dentro,
que te envuelven con deseo
y en la piel se impregnan.
Huellas de dedos y de labios
de surcos mojados,
de besos prolongados
Y gritos ahogados.
Hay huellas delgadas,
otras más profundas.
Huellas con suturas.
Y otras con el tiempo borradas.
Huellas que huelen a rosas,
a aceites hidratantes,
a espuma para infantes
Y perfumes de mora.

martes, 14 de febrero de 2017

LLORARÉ LÁGRIMAS AMARILLAS


Paseé entre las tumbas como cada catorce de febrero. Aquel día era el más problemático. Amores reencontrados, otros perdidos. Y yo en medio. Juez y verdugo: el conciliador. Se dice de los adolescentes que se les alteran muchísimo las hormonas pero los muertos son peores y más difíciles de calmar. Sabía que con Mario, un recién llegado, iba a tener problemas y me dirigí allí, algo apartado para no molestar pero lo suficientemente cerca para poder intervenir llegado el momento.

La joven que tenía su lugar de descanso al lado se asomó cuando me acerqué. La saludé con una sonrisa y una inclinación de cabeza, a lo que ella me contestó de igual forma y volvió a esconderse.

Mario salió de su tumba hecho un pincel. Le temblaba la mano del nerviosismo que llevaba cuando rozó con los dedos la losa que guardaba el cuerpo de su esposa fallecida hacía varias décadas. Le había sentado bien la muerte a él, pues su aspecto había vuelto a ser joven con respecto a la edad grabada en la lápida: ochenta años. Supuse que había decidido volver a la que tenía cuando se separaron.

—Sara, por fin podremos estar juntos. Y esta vez nada nos separará —le susurró acercando los labios a la piedra, apartando con la mano, como quien se quita una mosca molesta, los centenares de pétalos de crisantemos que había encima de la losa—. Sara, cariño, ¿me oyes? —llamó de nuevo—. ¡Sara! —gritó más fuerte.

Era dura y no pudo traspasarla cuando intentó colarse dentro. Me acerqué a él y le toqué el hombro.

—Disculpe, pero está molestando a una inquilina.

Se giró con la boca abierta, a punto de explotar en un ataque de ira.

—¿Inquilina? ¡Es mi mujer! ¡Y no me oye! Además, ¿quién es usted?

—Si se calma, le explico —le indiqué. Una vez intuí que había recuperado la compostura, continué—. No importa quién soy. Mantengo el orden para que no se pierda la paz del cementerio.

—¡Pero es mi mujer! —siguió diciendo, tozudo.

—No, se equivoca. En la iglesia los casaron hasta que la muerte los separase. Sé que es difícil de entender, pero ahora no son nada. Hay parejas que continúan juntas en la eternidad, otras no. Tal vez sea el momento de encontrar una nueva pareja.

Un anciano, con sangre en las venas, se acercó lentamente a la tumba donde Mario esperaba a Sara. Canoso en el poco pelo que conservaba y con las manos temblorosas, depositó dos crisantemos amarillos en el mismo sitio donde él había dejado segundos antes una rosa.

—¿Pero qué se ha creído? —explotó Mario cuando empezó a recoger los pétalos en el hueco de sus manos, acercándoselas después para aspirar su aroma y besarlos.

En aquel momento, Sara asomó su cabeza a través de la lápida con las mejillas sonrosadas. Se incorporó y salió a sentarse junto al recién llegado. Le depositó un beso en la mejilla, le acarició la cara y las manos mientras el hombre sonreía y susurraba.

—Sólo dos almas gemelas pueden sentirse mutuamente a pesar de que las separe la muerte —pensé.

—¡Tú! —gritó dirigiéndose a ella—. ¡Con lo que yo te he querido! ¿Me engañas con esto? —le dijo furioso acercándose a la pareja queriendo agarrar al vivo.

Éste, al sentir una furia contra él, que percibió aunque no pudiese ver nada a su alrededor, tuvo un escalofrío y se aferró a la tumba de su amada. Ella se levantó cuan alta era, y se encaró con más rabia todavía contra el que había sido su marido.

La miré y esperé a que se serenase. Si no era así, tendría que intervenir. Al cabo de un momento asintió en mi dirección.

—Luego hablo contigo —contestó con voz dura, dirigiéndose a Mario, que la miraba atónito—. Cuando se vaya mi invitado.

—¿Invitado? ¿Éste? ¿Pero quién se ha creído? —hubiese gritado más de no ser por mí, que le toqué los hombros inmovilizándolo y obligándole después a sentarse a la vez que le miraba a los ojos.

—Hay que respetar a los demás inquilinos. Si infringes las normas, puedo castigarte por tiempo indefinido en tu tumba sin salir; así, paralizado. Tú decides —zanjé.

Cuando deduje que me había entendido, seguí hablando:

—Ahora esperarás sentado y tranquilo hasta que ella termine.

Dando por finalizado el sermón, me alejé de allí acercándome a otro lugar donde preveía problemas. Mario, inmóvil, no tuvo más remedio que contemplar lo que tenía frente a él. Parejas de espectros felices que paseaban cogidos de la mano a través de las tumbas. Flores por donde quiera que mirase, de los vivos recordando a los muertos, y de éstos regalando a otros.

Regresé y le toqué el hombro, pudiendo, al fin, mover su cuerpo.

—Parece que el tiempo se haya detenido, ¿verdad? —le pregunté para romper el hielo, señalando su corazón.

—Sí —dijo con un tono de tristeza.

—Has recordado, ¿verdad? —continué.

Me miró como cuando se mira a alguien por primera vez e hizo un amago de sonrisa.

—¿Cómo se puede dejar de amar a alguien a quien has amado toda la vida?

—¿Estás seguro de que la amabas? —preguntó una dulce voz a mis espaldas—. ¿O amabas lo que creías ver en ella?

Cuando nos giramos, vimos que la vecina de Mario se había detenido a nuestro lado.

—Cuando estás en este lugar durante tanto tiempo, si no tienes una nueva pareja, sólo te queda observar al resto. Estando tan cerca, siempre me llamó la atención. Una joven con dos pretendientes. A veces se ve por aquí. El marido y el que siempre la amó. Éste último siempre es el que se queda con ella. Porque es quien la conoce mejor. Es curioso. A veces estamos viviendo con la misma persona toda la vida sin llegar a conocerla. Y otros viven juntos la eternidad, conociéndose entre ellos mejor que a sí mismos. Cuando vi su inscripción en la lápida, me sorprendió. Pero enseguida lo comprendí. Todos esos pétalos que tanto odias son realmente las lágrimas de tu esposa. Tu rosa siempre desentonaba entre tanto amarillo.

—No. Ella amaba el rojo —la interrumpió Mario.

—No, Mario —contestó Sara que se había acercado a nosotros sin hacer ruido—. Eras tú quien odiaba el amarillo y amaba el rojo. Cuando entendí que nunca me escucharías, dejé de insistir. Y te agradecí todas tus rosas rojas, con espinas y todo. Después corría a esconderme en nuestra habitación para llorar sin que tú me vieses. Juan siempre tenía un pequeño detalle amarillo, aunque nunca los aceptaba, hasta mi muerte. En el mismo instante en que dejé de respirar, nuestra unión se deshizo. Y por fin me sentí libre. Y también culpable. Aunque había mandado al abogado la obligación de escribir aquella frase en mi lápida antes de morir. Una especie de última oportunidad. Si realmente me escuchabas, lo entenderías. Pero cada año veía cómo apartabas con mal genio todo lo que había llorado. Y, en cambio, Juan, actuaba al revés.

El hombre abrió la boca intentando hablar, pero Sara le cortó.

—Es tarde —dijo—. Demasiado.

—Ven, Mario te enseñaré el cementerio —la joven, que había permanecido al margen desde que Sara había empezado a hablar, le cogió de la mano arrastrándolo—. Me llamo Isabel. Tú me gustas desde el primer día que pusiste aquella rosa roja en la tumba y te he estado esperando. Perdona por ser tan directa. Pero aquí los formalismos ya no existen. Sólo el respeto.

Sara, que había escuchado la declaración, cogió su rosa y se la dio a la joven sonriendo.

—Es tuya. Os deseo mucha suerte.

Y Mario, que no se esperaba nada de todo aquello, se dejó llevar. Atónito al principio, con una sonrisa después y alguna carcajada que le permití, siguió su paseo por el cementerio. Ya le diría más adelante que cuidase con sus risas, que las escandalosas estaban prohibidas. Aquello no era un bar, sino un lugar de reposo.

Isabel se paró, como si hubiese escuchado mis pensamientos y se giró hacia mí.

—Sí, también le hablaré de las normas —y, tras guiñarme un ojo, siguió su camino señalándole a Mario todo lo que le parecía interesante. Tenía muchas historias que contar y otras que seguro se inventaría.

Los miré alejarse con una sonrisa. Este lugar nunca dejaba de sorprenderme

viernes, 18 de noviembre de 2016

LA RUEDA

    “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” dijo Arquímedes — te comenté mientras descansaba en ti. Con una sonrisa continué — ¿Sabes? Yo debo de ser un descendiente suyo o su reencarnación.
Cambié de postura y  me senté en el suelo. Me giré hacia ti.
    Mi madre siempre dijo que nací rodando… — estallé en una carcajada escandalosa y te susurré — casi me caigo de los brazos de la matrona. Imagina el ímpetu con el que salí.
Tú seguiste mirando el infinito, como si aquella conversación no fuera contigo. Seguí la dirección de tus ojos y descubrí la sombra de montañas a lo lejos, en el horizonte. Era imposible hacerte sonreír.
    Aprendí a ir en triciclo antes incluso que andar y ya no me he separado de ellas — te dije mientras hice girar la que tenía atada a mi espalda.
Seguías inmóvil. En ningún momento te vi parpadear. Y me puse serio.
    Las veo en todas partes. En los platos que se mueven por un palillo, en la noria girando sin parar —. Me quedé callado unos instantes para continuar después en voz más baja. — Aún conservo el aro de mi abuelo, ese que hacían dar vueltas mientras ellos corrían como locos.
Me levanté de un salto sin sorprenderte, sin asustarte. Y comencé a mover la cadera.
    Incluso el hula-hop no tiene secretos para mí — te susurré al oído mientras seguía mi ritmo interior.
Te abracé y me alejé de ti. Descendí por el terraplén. Una vez abajo te volví a contemplar.
    Posiblemente muera bajo las ruedas de un camión — te grité ayudándome con las manos a modo de altavoz.

Y tú, estatua de los caídos en carretera, madre llorando por la pérdida de tu hijo querido, fuiste el primer testigo de cómo me subía a la verja y saltaba a la autopista.

viernes, 3 de junio de 2016

LA TIENDA DE DISFRACES

—    ¡Vaya! Tienen unos disfraces muy logrados — dijo Sebastián cuando entró en la tienda -.Me ha fascinado el “Fantasma de la Ópera” que tienen en el escaparate. Aunque yo he entrado por curiosidad, para ver si tienen el de Edgar Allan Poe.
El dependiente lo miró de arriba abajo sin que una sola palabra saliese de sus labios y comenzó a teclear en el ordenador a una velocidad inhumana. Tras unos escasos minutos en silencio, Sebastián comenzó a hablar:
—    ¿Sabe? Me encanta escribir relatos de terror y Edgar es tan… — su voz quedó interrumpida tras el silencio continuado del otro.
El dependiente, tras haber terminado su búsqueda, levantó la cabeza del teclado para sonreír. Pero sólo le salió una mueca tan retorcida que al joven le recorrieron uno y mil escalofríos por la espalda.
—    Lo siento. Lo tenemos que… — contestó con voz grave y volviendo a hacer el mismo gesto — lo tenemos reservado. Vuelva después de Halloween — zanjó.
Y abrió la puerta situada detrás del mostrador. Mirándolo de arriba abajo de nuevo, desapareció en la oscuridad. Sebastián se fue, además de la invitación tan clara a marcharse por parte del hombre, por el hedor que salió tras haberse cerrado.
Sebastián, ojeando el periódico local varios días después, encontró en portada: “Vandalismo en el cementerio la Noche de Halloween. Restos de personajes famosos han sido robados de sus tumbas”.
Se acercó corriendo al escaparate de la tienda de disfraces para descubrir, asombrado, el realismo total de los personajes expuestos; algunos de ellos eran nuevos, pero ninguno era el del escritor de relatos de terror. La mano, cuyo sudor limpió en su pantalón, le temblaba tanto que tuvo que sujetársela con la otra para poder accionar el picaporte. Lo giró y entró.
El mismísimo Edgar Allan Poe estaba allí, detrás del mostrador, con aquella mueca retorcida que tanto había empezado a odiar.

miércoles, 25 de mayo de 2016

PECADOS

El tranquilo pueblo de Ribera del Río Alarde era uno de tantos en los que abundan las mentiras: no era ribera de nada, y el río más cercano, que estaba a varios kilómetros de distancia, no era precisamente un alarde de aguas; más bien consistía en un arroyuelo al que le quedaba grande la palabra río. Pero a falta de uno más caudaloso…
Y, como en todos los lugares, abundaban los pecados: grandes, pequeñas mentirijillas, envidias, avaricias, mujeres con todo tipo de vestimenta; desde las que querían provocar la lujuria de sus clientes hasta las que se tapaban hasta el cuello como monjas cuyo monasterio era el pueblo mismo.
Los domingos el cura, desde su púlpito, se ponía rojo, amenazador:
-Un día se encontrarán Dios y Satán y harán una apuesta. ¡Ya veréis quién gana, ya! ¡Y todos vosotros os iréis al infierno, atajo de pecadores! — les gritaba iracundo e incluso, a veces, se le quedaba espumilla en la comisura de la boca como un perro con rabia.
El pecado, como en todos los lugares, estaba condenado. La cárcel de la comarca, por llamarla de alguna manera, estaba llena de prostitutas a las que habían detenido ejerciendo su trabajo. Además de algunos rateros de poca monta.
Un día llegó al pueblo un hombre que compró un local y comenzó a hacer obras. Los martillazos se escuchaban hasta última hora de la tarde. Tras varias semanas manteniendo en vilo a los vecinos, que intentaban atisbar por las cerraduras lo que escondía su interior, o curioseaban a través de los cristales por si encontraban alguna pista de lo que se cocía tras ellos, el señor salió del recinto.
El extranjero llamaba la atención por su porte, como un mago sacado de contexto. Sentía los ojos de sus vecinos clavados en su espalda y notaba cómo las pupilas de las mujeres brillaban ante su sola presencia y sonreía al descubrirlas abanicándose para sofocar los calores que les subían a las mejillas si él acertaba a posar alguna vez su mirada en ellas. Elevaba el sombrero e inclinaba la cabeza con una mueca seductora en los labios a modo de saludo y proseguía su camino.
El pueblo entero abrió la boca con asombro cuando el extranjero colocó el rótulo con su nombre. PECADOS.
El cura no tardó en explotar durante uno de sus sermones. Ahora era espuma directa lo que le salía por la boca cada vez que hablaba de aquel nuevo local, cuyo nombre no dejaba lugar a dudas de lo que iba a ocurrir dentro. El alguacil, por orden del alcalde, fue a pedir explicaciones al hombre de lo que iba a hacerse en su interior preocupado por la exaltación popular.
El hombre, que se presentó como Pedro, le mostró una bula papal donde se podía leer que tenía un permiso absoluto para que cualquier tipo de pecado se pudiese cometer en aquel delicadamente decorado bar y sin que por ello fuese castigado. Tenía vía libre el asesinato, la lujuria, la gula, la soberbia, la envidia… Todo estaba permitido.
El pueblo enloqueció y se formaron dos bandos. El cura lideraba uno el alcalde, el otro.
Los curiosos no tardaron en llegar y llamar a la puerta tras leer el cartel que descansaba en el marco y que rezaba: PECADOS: en el local, que cada uno obre a su voluntad.
El primero en entrar fue el alcalde, como invitado de honor. Se acercó acompañado de su querida. El escote que llevaba no dejaba nada a la imaginación y el hombre se dejaba arrastrar por sus adoradas montañas que, aunque ya sabía que estaban muy escaladas, ahora le tocaba a él ser el alpinista que llegase a su cumbre.
Pedro les sonrió al entrar y les mostró una urna que estaba a su izquierda.
-Son cincuenta monedas, por favor — susurró el portero, jefe de seguridad, y camarero cuando ya estuviesen en su interior. — Es para ayudar a seguir manteniendo el local — continuó. Y le guiñó un ojo.
El alcalde sacó la cartera y mostró sonriente un billete a estrenar que dejó caer en la caja transparente que conectaba con un tubo que atravesaba el suelo. Siguió durante unos segundos el lento vuelo de su preciado papel hasta perderlo de vista. Imaginó un vagón subterráneo llenándose de billetes y monedas: Incluso sonrió lascivamente al deleitarse en un baño verde y dorado con esa inmensa fortuna que crecería por momentos y que Pedro iba a amasar.
Un beso ardiente en su cuello y una mano juguetona que se había colado dentro de su pantalón lo despertaron de su fantasía y le recordaron que venía a probar otra.
-Allí, al fondo, tiene una habitación a su servicio con todo lo que pueda necesitar según sus gustos — le aclaró Pedro guiñándole de nuevo el ojo y entregándole las llaves doradas que abrían la puerta cerrada.
Con una sonrisa pícara, el alcalde le dio una palmada en el trasero a su amiga, que fingió escandalizarse llevándose una mano a la boca ocultando su sonrisa (el abanico la ayudó a esconder una timidez que no sentía).
La habitación en la que entraron era lujosa. Los ojos se les abrieron como queriendo salirse de sus cuencas al descubrir la inmensa gama de juguetes que vestían las paredes teñidas de rojo pasión. Y el inmenso espejo que colgaba del techo les permitiría verse reflejados gozando de sexo sin tabúes y sin miedo a pecar. Todo estaba permitido. Aquella frase que le vino a la cabeza inocentemente, le sentó como una patada en sus genitales y se sentó de golpe en la cama más blanco de lo normal.
-¿Te ocurre algo, querido? — le preguntó ella, preocupada al ver su apariencia, en nada parecida al hombre vigoroso que descargaba en ella a diario lo que su mujer ya no deseaba.
-Todo está permitido — repitió abatido, sin ganas.
Ella seguía sin comprender hasta que, finalmente, sus palabras cobraron sentido y se sentó, derrotada, a su lado.
Al señor más obeso del pueblo le esperaba una cocina con un millar de platos diferentes que no cabían en las mesas y que se apilaban unos encima de otros hasta la altura de su boca invitando a ser comidos. Incluso parecían clavados unos a otros pues, a pesar de la altura, ni se tambaleaban. Siguió el pasillo que dejaba libre los centenares de platos que formaban columnas a cada lado hasta la única silla desocupada y se sentó en ella tras limpiarse la comisura de los labios. Sonriendo, pensó que el cuerpo ya le había empezado a reaccionar ante tan suculenta comida. Miró una columna, y otra, y otra más, y así pasó el tiempo sin decidirse por cuál de todos los platos hincar el diente primero.
También se acercó al local y depositó su billete un amante de las armas. Un cazador frustrado que ansiaba disparar a cierta gente que se merecía no pisar la tierra sobre la que caminaba. Un campo de tiro le esperaba casi al fondo del pasillo con una diana en la que no había círculos concéntricos sino una silueta humana. Un cartel le notificaba que por el altavoz debía comunicar a la persona sobre la que quería hacer la prueba de tiro. Cuando el nombre salió de sus labios, una voz masculina le contestó:
-Espere unos minutos, enseguida le atenderemos.
No habían pasado ni cinco cuando apareció atado el hombre que había pedido. Cogió el arma con ambas manos, sujetándose la una con la otra para evitar el temblor de su ansiedad y recordó. Recordó lo que le gustaba que sus víctimas animales fuesen ignorantes de su inminente final y, mirando a los ojos al hombre que había pedido y leyendo en ellos el miedo que sentía, dejó el arma apoyada en el tablero donde lo había encontrado y se alejó, notando un ligero olor nauseabundo cuando cerraba la puerta y, soltando después una carcajada mientras se apoyaba en ella encontrándose mejor.
La noticia se difundió como la pólvora. Acudían personas de diferentes puntos de la región. Todas ellas acababan del mismo modo: desilusionadas.
Hubo tal aluvión de peticiones, que Pedro extendió la bula papal al pueblo entero. El resultado fue siempre el mismo. Nadie cometió ningún pecado dentro de los límites.
El cura, cuya iglesia había quedado vacía tras la apertura del local, salió una tarde hecho un basilisco:
-Arderéis todos en el… — un grito salió de su garganta pues su cuerpo empezó a arder abrasándose en su propia ira. Ni siquiera quedaron sus cenizas pues el viento se las llevó.
-No lo entiendo — dijo Satanás al ver aparecer en el infierno, de repente, al cura chillando como un loco —. Esta apuesta me ha salido rana. No vuelvo a cometer este mismo error.
Y, mientras Jesús, después, sonreía mesando sus barbas, pensando:
-Me encanta que los planes salgan bien.