martes, 31 de marzo de 2015

SOLEDAD

El dibujo pertenece a la ilustradora Blanca Bk

La casa está en silencio salvo por unos siseos producidos por el arrastrar de unos pies cansados. Su dueña, una anciana con un moño por peinado y una piel que huye del sol y de la plancha, pasea por el salón de un lado a otro.
Se detiene en la chimenea y acerca sus manos al calor del fuego. Pero su frío es interior y ni el horno más potente podría templarla.
El marco que descansa allí, llama su atención y lo recoge con una dulzura extrema.
- ¿Qué fue lo que te atrajo de ella? – piensa mientras nota cómo le escuecen sus ojos y le tiemblan sus labios. – Te lanzaste de lleno en sus brazos sin pensar en mí, una frágil anciana.
Camina por la casa, con la fotografía pegada a su cuerpo mientras continúa.
- Yo, que he vivido más de lo que querría, que me quedaba ya poco por ver. La preferiste a ella y me dejaste sola a mi suerte.
Mira la fotografía de nuevo.
- Tú, que eras mi única compañía, mientras que ella tiene todo lo que siempre amé.
Se acerca a un pequeño altar donde coloca con cuidado el marco junto a otros que tenía colocado allí. Velas blancas encendidas para los ausentes los acompañan.
- Te los has ido llevando uno a uno.
Llora desconsolada mientras se aferra al aparador donde descansan ahora todas las fotografías. Agotada, vuelve sobre sus pasos y se dirige hacia un sofá en el que se sienta ayudada por un bastón que había cerca.
Cierra los ojos y reposa mientras un reloj de cuco se asoma decidido cinco veces y se esconde después de haber cumplido su tarea.
Su memoria, aunque a veces se niega a recordar lo que ha cenado la tarde anterior, le gasta una broma pesada reviviendo, segundo a segundo, como una película a cámara lenta, lo sucedido la tarde anterior.
El semáforo se había puesto en verde para ella. Cruzaba con lentitud el paso de peatones. Por otro lado, el coche que venía a gran velocidad. Se quedó paralizada. Después, todo se volvió negro.
- Aquél era mi final, no el tuyo. Me salvaste la vida y, huyendo con ella, desbarataste la mía – susurra con los ojos cerrados. – Leal hasta la muerte. Pero yo me quedo sola, sin nadie. Sin mi fiel y mi linda compañía. Mi perrita. Giulietta.
Sale, con su habitual lentitud, al jardín, donde la tierra movida y las flores hablan a gritos que alguien duerme eternamente allí. Se dirige a aquel lugar y siente que su alma está gris, contrastando con el brillo del sol y el canto de los pájaros. Pero no oye nada. Espera a su enemiga. Aunque sabe que se harán grandes amigas. Porque, al final, la vendrá a buscar y recorrerá el camino que otros anduvieron antes. Seres amados de los que no pudo despedirse la acogerán entre sus brazos. Giuletta brincará entre ellos exultante de alegría.
- Un momento – piensa. - ¿Eres tú? ¿Vienes a buscarme? La hora ha llegado.
Y la paz la inundó.

jueves, 26 de marzo de 2015

CARTAS

-Tengo que irme — dijo Cosme dándole un beso en los labios. — Te escribiré — añadió.
Elena recibió de sus manos la dirección donde debía enviarle las cartas.
-Es la casa de un amigo que recogerá mi correo hasta que vaya a buscarlo.
Más tarde, en su habitación, emocionada, comenzó a escribirle una misiva contándole cómo se sentía y lo feliz que la había hecho esa noche. Pero ella no sabía que su promesa era falsa. Nunca acudiría a buscar aquellas letras que, con tanto amor, había hilado para él. Elena cerró el sobre y le echó unas gotas de su perfume. Se lo acercó a la nariz, aspiró su aroma y sonrió. Le depositó un beso en un borde y fue a llevarlo al buzón.
Sus palabras viajaron de una saca a otra, pasaron de mano en mano, de una Oficina de Correos a otra hasta llegar a su destino.
Mario abrió el buzón y le llegó un aroma que no conocía. Descubrió la carta al fondo y acercándosela, la olió. La observó bien. Aquella era su dirección pero no su nombre. Miró los demás casilleros por si el repartidor se había equivocado, pero no había ninguno con el que se pudiese haber confundido. Le dio la vuelta al sobre mirando el remite, pero tampoco reconoció quién era esa tal Elena que escribía desde aquel lugar tan lejano.
Subió a su habitación y lo tiró encima del escritorio olvidándose de él.
Elena se acercaba todos los días al buzón. Contenía el aire en sus pulmones que pugnaba por salir mientras lo abría despacio, expirando decepcionada al encontrarlo vacío. Aún así, cada lunes, escribía una nueva carta y corría a llevarla Correos para que llegase a su destino.
Las cartas se acumulaban una encima de otra en la mesa y Mario las ató con una goma. Él, con el paquete en su regazo, las miraba una y otra vez tumbado en la cama.
Cada jueves, al abrir el buzón y percibir el aroma, sabía que tenía otra carta suya. Habían pasado tres meses de recibir su correspondencia semanal, cuando se decidió a abrir una y saciar su curiosidad. Se sentía un intruso rasgando aquel papel perfumado. Mil veces había pensado en devolvérselas pero había algo que lo retenía pese a imaginarla esperando una respuesta que no llegaría. Al fin y al cabo, sabía en carne propia lo que era sentirse rechazado. Leyó una a una aquellas palabras de amor, escuchaba sus suspiros detrás de ellas al imaginarla escribiéndolas. Pasaron dos o tres semanas más hasta que se decidió a dar el paso y contestarle.
Elena, que ya no miraba el buzón, recibió con sorpresa el sobre de manos de su padre. Y, al ver el remitente, subió a esconderse en su habitación.
Se regalaban bellas palabras. Él la imaginaba alta, rubia y de ojos verdes, delgada, con una sonrisa radiante y con una voz que le llenaría el alma. Ella recordaba a Cosme cada vez que dejaba rodar su bolígrafo por los folios en blanco.
Los meses fueron pasando sin que Elena dejara de enviarlas o Mario de leerlas.
Aún después de varios meses escribiéndola, Mario se seguía sintiendo un intruso cada vez que abría sus cartas. Por ello, un día decidió acudir a verla y explicarle.
Se presentó allí, con el manojo de sobres sujetos con aquella goma que utilizó al principio. Esperaba a su hermosa musa cuando quien abrió la puerta fue una joven bajita y regordeta, con unos mofletes colorados. Cortado, preguntó por Elena.
-Soy yo —dijo la joven que vio cómo la desilusión acudía a los ojos de él mientras desviaba la mirada.
Ella observó al muchacho de gafas que tenía delante, que miraba el suelo y que parecía querer jugar con una piedra imaginaria cuando descubrió las cartas que tenía en su mano.
-Yo… — dijo mostrándoselas — no soy quien…
-Lo sé — contestó ella sin emoción en su voz.
-¿Lo sabes? — preguntó Mario.
-Sí. Al poco de empezar a recibir tus cartas me lo encontré en la calle. Se sorprendió al verme y sospeché que alguien se hacía pasar por él.
Pocos minutos después, se marchó por donde había venido.
Un mes más tarde, al abrir el buzón se encontró de nuevo con aquel aroma que tanto le había llegado a gustar. Se encontró temblando y sin saber si abrir el sobre o no.
En ella, Elena seguía hablando con Cosme, como si nunca hubiese ido a buscarla. Así que continuó respondiéndole mientras pensaba en su diosa rubia cada vez que le contestaba.

martes, 24 de marzo de 2015

RAMÓN

Ramón, que observa con tristeza a la morena que saborea con lujuria un chocolate con churros, deposita una taza limpia y reluciente encima de la barra y contempla el cuadro que tiene en la pared de enfrente.
Da igual el tiempo que haga en el exterior, incluso sudando, con la camiseta pegada a su piel, la ha visto lamer con lentitud ese dichoso manjar.
La mujer respira hondo y cierra los ojos apoyándose en el respaldo de la silla.
- Ya empieza – le susurra el camarero al hombre cuando la ve abrir los ojos.
Ramón se gira y descubre a la mujer mirando el reloj, a la gente que la rodea, al camarero. Sus manos desvelan su nerviosismo mientras retuerce la servilleta con la que acaba de limpiarse las migas que manchaban sus labios. Esconde con disimulo la taza en el bolso. Sale corriendo sin que nadie la detenga.
- ¿Qué te debo? – le pregunta al camarero.
- Lo de siempre, dos euros con cincuenta. Es la última vez que le pagas esto a tu mujer, ¿no? Te va a buscar la ruina, escúchame, de verdad, que te lo digo de corazón. Anda, síguela, no vaya a hacer algo gordo de verdad. Igual un día te aparece en casa con un picardías con la alarma de seguridad sin quitar.

Ramón, cabizbajo, sale por la puerta en busca de su esposa. Camina pensando en la mala idea que tuvieron de incluirla en aquel grupo contra la cleptomanía. A veces le daba por pensar que en vez de dejar de robar, sus compañeros la habían enseñado a perfeccionar su técnica.

viernes, 6 de marzo de 2015

UN GOLPE DE CALOR

El calor golpeaba fuerte aquella tarde. Ruth miró inquieta la calle a través de los cristales sucios y encendió el ventilador pues su abanico no daba abasto.
Los pocos que se atrevían a pasear luchaban contra sus chancletas que se pegaban al asfalto.
La mujer miró el cuerpo sin vida de su marido y comenzó a morderse las uñas pensativa:

— ¡Ya sé! ¡Claro! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Está clarísimo. Ha sido un golpe de calor — susurró convencida mientras miraba distraídamente la sartén humeante del fregadero que tenía unas manchas muy sospechosas.

PRISIONEROS

Un día, tras años confinados en celdas del manicomio, descubrí al nuevo guarda de seguridad.
Lo pillé mientras escudriñaba, curioso, a través del ventanuco de la puerta. Mi oportunidad para escapar se acercaba, así que me escondí de su visión.
Minutos más tarde acudió con una llave con la que intentó abrir los blindajes que nos aislaban del resto del mundo.
Aunque nuestros nombres nunca hubiesen sido pronunciados en su presencia, debían haberle informado de que no podía acercarse a nuestras celdas ni fiarse de nosotros.
Se sentó derrotado delante de mi puerta, apoyando la cabeza en el marco, quedando dormido; momento que aproveché para, telepáticamente, susurrarle: “Ábrelas; da igual el método que utilices”.
Cuando se despertó, buscó objetos, lanzándolos después contra las puertas, incluso golpeó con la cabeza hasta hacerla sangrar.

Escuché un ruido y el blindaje cedió. Me filtré por una rendija logrando mi ansiada libertad. Somos locura, odio, mentira, terror, venganza… Y regresamos para seguir gobernando el mundo.

MESA PARA DOS

Enrique miró a su compañero y ambos sonrieron.
El camarero depositó el plato con los frutas del bosque en la mesa interrumpiéndolos y se le desencajó la cara al escuchar.
    ¿Puede traer otra cuchara? Es para compartir.
Enrique observó las parejas que cenaban tranquilas a su alrededor. El día de San Valentín, el restaurante estaba completo y sólo les había quedado una mesa libre.
Los tortolitos que charlaban al lado se ofrecieron mutuamente el postre y él decidió hacer lo mismo.
    ¿Quieres? — le dijo. — Está bien, me los como yo. ¿Sabes? — comentó después de unos minutos en silencio. — Nunca tendré una pareja mejor que tú.

La gente los miró cuchicheando. Nadie podía entender qué hacía un hombre hablándole a un espejo en la mesa para uno del rincón.