martes, 24 de marzo de 2015

RAMÓN

Ramón, que observa con tristeza a la morena que saborea con lujuria un chocolate con churros, deposita una taza limpia y reluciente encima de la barra y contempla el cuadro que tiene en la pared de enfrente.
Da igual el tiempo que haga en el exterior, incluso sudando, con la camiseta pegada a su piel, la ha visto lamer con lentitud ese dichoso manjar.
La mujer respira hondo y cierra los ojos apoyándose en el respaldo de la silla.
- Ya empieza – le susurra el camarero al hombre cuando la ve abrir los ojos.
Ramón se gira y descubre a la mujer mirando el reloj, a la gente que la rodea, al camarero. Sus manos desvelan su nerviosismo mientras retuerce la servilleta con la que acaba de limpiarse las migas que manchaban sus labios. Esconde con disimulo la taza en el bolso. Sale corriendo sin que nadie la detenga.
- ¿Qué te debo? – le pregunta al camarero.
- Lo de siempre, dos euros con cincuenta. Es la última vez que le pagas esto a tu mujer, ¿no? Te va a buscar la ruina, escúchame, de verdad, que te lo digo de corazón. Anda, síguela, no vaya a hacer algo gordo de verdad. Igual un día te aparece en casa con un picardías con la alarma de seguridad sin quitar.

Ramón, cabizbajo, sale por la puerta en busca de su esposa. Camina pensando en la mala idea que tuvieron de incluirla en aquel grupo contra la cleptomanía. A veces le daba por pensar que en vez de dejar de robar, sus compañeros la habían enseñado a perfeccionar su técnica.

viernes, 6 de marzo de 2015

UN GOLPE DE CALOR

El calor golpeaba fuerte aquella tarde. Ruth miró inquieta la calle a través de los cristales sucios y encendió el ventilador pues su abanico no daba abasto.
Los pocos que se atrevían a pasear luchaban contra sus chancletas que se pegaban al asfalto.
La mujer miró el cuerpo sin vida de su marido y comenzó a morderse las uñas pensativa:

— ¡Ya sé! ¡Claro! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Está clarísimo. Ha sido un golpe de calor — susurró convencida mientras miraba distraídamente la sartén humeante del fregadero que tenía unas manchas muy sospechosas.

PRISIONEROS

Un día, tras años confinados en celdas del manicomio, descubrí al nuevo guarda de seguridad.
Lo pillé mientras escudriñaba, curioso, a través del ventanuco de la puerta. Mi oportunidad para escapar se acercaba, así que me escondí de su visión.
Minutos más tarde acudió con una llave con la que intentó abrir los blindajes que nos aislaban del resto del mundo.
Aunque nuestros nombres nunca hubiesen sido pronunciados en su presencia, debían haberle informado de que no podía acercarse a nuestras celdas ni fiarse de nosotros.
Se sentó derrotado delante de mi puerta, apoyando la cabeza en el marco, quedando dormido; momento que aproveché para, telepáticamente, susurrarle: “Ábrelas; da igual el método que utilices”.
Cuando se despertó, buscó objetos, lanzándolos después contra las puertas, incluso golpeó con la cabeza hasta hacerla sangrar.

Escuché un ruido y el blindaje cedió. Me filtré por una rendija logrando mi ansiada libertad. Somos locura, odio, mentira, terror, venganza… Y regresamos para seguir gobernando el mundo.

MESA PARA DOS

Enrique miró a su compañero y ambos sonrieron.
El camarero depositó el plato con los frutas del bosque en la mesa interrumpiéndolos y se le desencajó la cara al escuchar.
    ¿Puede traer otra cuchara? Es para compartir.
Enrique observó las parejas que cenaban tranquilas a su alrededor. El día de San Valentín, el restaurante estaba completo y sólo les había quedado una mesa libre.
Los tortolitos que charlaban al lado se ofrecieron mutuamente el postre y él decidió hacer lo mismo.
    ¿Quieres? — le dijo. — Está bien, me los como yo. ¿Sabes? — comentó después de unos minutos en silencio. — Nunca tendré una pareja mejor que tú.

La gente los miró cuchicheando. Nadie podía entender qué hacía un hombre hablándole a un espejo en la mesa para uno del rincón.