sábado, 16 de agosto de 2014

SANGRE, ARENA Y AGUA

- Huele a humedad y a pescado, hay una brisa fresca… - digo al llegar. – Sí, definitivamente, estoy en la playa. ¡Qué silencio! Esto es vida – añado.
Cojo mi palo, la sombrilla y la tumbona. Me dispongo a dar un paseo hasta la orilla del agua.
- Es raro – pienso – que en pleno mes de agosto, no haya ni un alma. Tanto mejo...r, toda la playa para mí sola. Qué maravilla – suspiro – la arena no quema, aunque hay algunas durezas que… Dios mío, me caigo. Oh, debe de ser algún animalito. ¿Quieres jugar conmigo? ¿Dónde estás?
Sigo por el sendero que me indica mi bastón, pero hay demasiados obstáculos. Cansada, apoyo con fuerza la tumbona en el suelo. Pero antes de sentarme en ella, la silla se plega. Pruebo con la sombrilla. Investigo el suelo y encuentro un hoyo. Perfecto. Aprieto con fuerza el palo de la sombrilla y hago círculos para clavarlo más adentro. Una humedad caliente penetra en mis calcetines. ¿Tan cerca estoy de la orilla? – me pregunto.
Al momento me siento elevada del suelo.
- ¡Qué fuerza tienen estos pájaros! – grito asustada. – Eh, ¡que no sé volar! ¡Que no sé volaaaaaaaaaar! – repito.
Me noto ligera, vuelo por los aires breves momentos y empiezo a caer hasta llegar al agua. Chof. Las capas de ropa que llevo rodean mi cabeza asfixiándome mientras braceo intentando agarrarme a algo en mi oscuridad. Soy incapaz de subir a la superficie.

SUCESOS. Una anciana sorda y ciega es manteada y arrojada al mar por unos bañistas furiosos tras provocar diferentes heridas (algunas de gravedad) y contusiones.

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